De a pies y de tangos, de a poco se deja el cigarrillo
Odio la vida de casa. Así como dicen que del amor al odio – y viceversa – hay un solo paso. También dicen que para olvidarse de la espera (de psu, y demases) no hay nada mejor que rehuir del tiempo ocioso de la raíz etimológica pereza y estado de flojera extrema donde de paso me duelen los huesos, pienso fatalidades y me seco como microbio en escupo de camello. Estado de ocio maldito que consume mi gulivera y se me da con facilidad y constancia en casa, cebándome unos amargos solitarios con un aire de octogenario. Y bué, papá, que es un aguafiestas sabor a mate con caca con mención en malhumor expedito y mandados a 33 grados de calor, decretó el lijado y pintado de la reja que da a la calle, completa, por dentro (que da a la casa) y fuera (que blá blá blá). Armado de sombrero tanguero y lentes de dylan en tiempos mozos, parezco un incógnito de película negra (y de paso me pongo negro) cantando tangos – Ya saben… el viejo repertorio: Balada para un loco, que pareciese autobiográfica sin Bs. As.; Volver, que es de petit; y Por una cabeza, que Balcázar le hace el asco y yo me melanco por razones coyunturisticas históricas… me’h – y moviendo con musical contoneo la brocha con la grasita negra… negra como esas venitas, que arrastro por los arrabales llenos de tierra y que ba’h… cuando tengo tiempo pienso muchas huevadas. ¿Por qué mi má’ conoce tanto mis pies?... estoy seguro que podría ella dibujarlos en su gulivera con exactitud, gracias a esa familiaridad de uñas encarnadas –por no aprender a cortármelas, como tampoco sé amarrarme los cordones – y mi gusto por andar a pata pelada. ¿Por qué el destino – ese universal tono en el que se componen las sinfonías de la vita – ha forjado un conocimiento tan exhaustivo de mi madre por mis pies?... qué decir… la providencia guarda el otoño en el que dentro de una gélida morgue tendrán que reconocerme por ellos. Y si morir de forma tan nefasta es inevitable, espero trazar la forma en que se desenvuelva el minuto decisivo… ya sea, frente al pelotón de fusilamiento con la mano izquierda en alto y dando la orden de tiro a los chacales, o cayendo al mar por esos motivos cinematográficos de queridas, ya saben, cursilerías… pero no hay formas más honorables de morir y quedar en tal deplorable estado. Por los ideales o por amor… aunque solo me queden los pies.
Comentarios
eso no mas, los podologos y las uñas siempre me cagán, uñas con sangre, pies carmesis, puras webás
:D